Es muy fácil ser radical con los recursos ajenos… Nunca he visto a nadie pedir justicia en primera persona; los juicios siempre se lanzan contra terceros, como piedras arrojadas desde la distancia segura de quien no contempla el impacto de sus propias palabras.

¡Mátenlos!
¡Enciérrenlos!
¡Ahórquenlos!
¡Exprópienlos!
¡Investíguenlos!

Estos imperativos resuenan como tambores de guerra en la retórica política, siempre conjugados para que otros ejecuten, para que otros sangren. Muchos de quienes usaban estas palabras como estandartes en sus batallas dialécticas hoy habitan celdas de concreto, pero no porque alguna vez se hayan dicho a sí mismos «investíguenme» o «enciérrenme» —obvio que no— sino porque jamás imaginaron que la espada que blandían sobre cuellos ajenos terminaría cumpliendo su función sobre los propios. La historia tiene una ironía cruel: las guillotinas que uno construye para sus enemigos terminan midiendo el diámetro exacto del cuello de quien las erigió.

Los de derecha exigen guerra, violencia y muerte, pero esperan que los cadáveres los aporten los hijos de los campesinos, los jóvenes que crecen entre las calles estrechas de las comunas y los preadolescentes que se enlistaron en el ejército porque nadie pudo comprarles la libreta militar. La guerra es siempre un concepto abstracto cuando se contempla desde la comodidad de un barrio cerrado. La mayoría de la gente de derecha que conozco no contempla —ni en sus peores pesadillas— la posibilidad de tener un hijo en un escuadrón antiguerrilla en el Caquetá, con las botas hundidas en el barro y la muerte acechando detrás de cada mata de monte.

Los de izquierda exigen subsidios generosos, aumentos desproporcionados del salario mínimo y una burocracia que se expande como un organismo voraz, pero financiado con el dinero de la clase media trabajadora, con los impuestos de esa población que más duro labora y que carece de herramientas legales para reducir su carga tributaria. Al mismo tiempo, arrinconan a los pequeños empresarios con nóminas impagables, impuestos draconianos y estigmas irracionales, como si el delito de generar empleo mereciera castigo en lugar de reconocimiento.
En este péndulo de la estupidez, Colombia lleva casi doscientos años oscilando sin encontrar reposo. Entre un lado y el otro, entre realistas y patriotas, entre liberales y conservadores, entre uribistas y petristas. Y mientras tanto, mientras seguimos divididos en trincheras ideológicas, las hectáreas de cultivos de coca se multiplican silenciosamente, financiando una economía subterránea que sostiene más de lo que quisiéramos admitir.

Elogio a la Tibieza

¿Será acaso que nos falta como nación más cordura, sensatez y honestidad? ¿Será que las respuestas a las preguntas que nos hacemos sobre Colombia están precisamente en el medio, en ese territorio despreciado que llamamos tibieza? ¿Es posible que doscientos años después nos demos cuenta de que son el equilibrio, el respeto y la decencia los que sacarán este país adelante?
Cuando me voy a bañar, siempre abro primero el agua caliente y luego, con la fría, busco ese punto exacto —ni escaldante ni gélido— para darme mi baño diario sin sobresaltos.
Cuando cocino, espero pacientemente a que el calor baje a un punto preciso antes de servir y disfrutar mis alimentos, porque sé que los extremos arruinan la experiencia: o me quemo la lengua o como algo insípido y frío.

Elogio a la Tibieza

En el carro tengo un punto exacto para el aire acondicionado, ese término medio negociado con mi esposa para no pelear entre el frío antártico que yo prefiero y el calor subsahariano que ella toleraría.
Cuando me tomo unos tragos, sé por experiencia que menos de media botella no me hace nada, pero más de media me garantiza un guayabo memorable al día siguiente.
La vida cotidiana nos enseña constantemente la sabiduría del punto medio, pero en política insistimos en rechazarla como si fuera cobardía.

A través de la historia de la humanidad, las posiciones extremas siempre pierden. No son los más fuertes, ni los que más gritan, ni los que más vociferan insultos los que finalmente triunfan. Son aquellos que entienden su entorno, que leen las corrientes antes de nadar contra ellas, y que se adaptan para transformar la realidad desde adentro, con paciencia y estrategia, no con golpes de pecho y proclamas incendiarias.

Las revoluciones violentas devoran a sus propios hijos. Los imperios construidos sobre la rigidez se quiebran ante el primer viento de cambio.

 

Pero las transformaciones sostenibles, esas que realmente perduran, siempre han sido obra de quienes entendieron que el cambio verdadero no es un acto dramático sino un proceso gradual, casi imperceptible, como el agua que con paciencia infinita moldea la piedra.

Y recuerda: en la campana de Gauss, en esa curva que representa la distribución de casi todo lo que existe en la naturaleza y en la sociedad, los extremos son estadísticamente despreciables. La mayoría de la realidad, la mayor concentración de lo que es y lo que funciona, habita en el centro. Quizás sea hora de que dejemos de romantizar los márgenes y aprendamos a apreciar la sensatez del medio.

Porque ser tibio, en un país que se ahoga en sus propias pasiones extremas, podría ser el acto más revolucionario de todos.

1 comentario en “Elogio a la Tibieza”

  1. Carlos Leonardo Lopez Marin

    Excelente contenido, muy apropiado y describe una realidad de la cual no queremos hablar y es más fácil estar en uno de los lados atrincherados para no ser señalados

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