Sucumbir a la presión electoral no es democracia, es adoctrinamiento
En el año 2002 cumplí 18 años y eso, en teoría, me hacía digno de participar en las contiendas electorales que; para la época, enfrentaban a candidatos de diversas tendencias en una disputa que terminaría siendo histórica. El 26 de mayo de 2002 se celebraron elecciones presidenciales en Colombia en las que el entonces exgobernador de Antioquia Álvaro Uribe Vélez, postulado de forma independiente a través del movimiento Primero Colombia, derrotó al candidato oficial del Partido Liberal, Horacio Serpa Uribe, con el 54,51% de los votos. Sin embargo, con la inmadurez propia de un joven de Medellín que solo pensaba en su moto, la rumba y las mujeres, la dinámica electoral era un asunto que pasaba de largo en mi vida.
Me enteré de que quien ganó prometía acabar con la guerrilla y devolverle a los colombianos la posibilidad de viajar por el país sin que un secuestro o una bomba interrumpieran el camino. Creo que lo logró —y digo «creo» porque, para esa época, la verificación eran las reuniones familiares donde mis tías afirmaban que, gracias a él, ya podían volver a la finca tranquilas y que se podía pasear de nuevo por Guatapé.
También recuerdo muy vívidamente cómo, durante su gobierno, los ataques a los campamentos guerrilleros eran celebrados por todo el país como si fueran goles de la Selección Colombia. Para mi familia, ese gobernante siempre tuvo un lugar en el altar, al lado del Sagrado Corazón de Jesús, y su figura dejó de ser política para convertirse en un referente patriarcal de la familia paisa. Había algo en él que no terminaba de convencerme… y siempre que tengo dudas sobre algo, lo estudio a fondo para entender qué es lo que me incomoda y por qué. Fue así como me adentré en la vida política de algunos gamonales criollos y en el mecanismo por el cual lograron tanto poder y aceptación popular con un discurso tan enardecido y beligerante. Encontré un factor común entre todos ellos: el mesianismo.
Los colombianos parecemos estar a la espera del gobernante prometido que, a medida que avanza por campos, ciudades, páramos y desiertos, va dejando un halo de santidad, orden y pulcritud. No entendemos la política en su dimensión completa; actuamos en ella como hinchas en un partido de fútbol, capaces de defender el honor del equipo local con una lealtad que no admite razonamientos.
Nos despersonalizamos con una facilidad absoluta en función del mesías de turno y olvidamos nuestro nombre y nuestro origen para llamarnos a nosotros mismos uribistas, petristas, santistas, duquesistas, abelardistas, cepedistas… Y como si eso no fuera suficientemente grave, personalizamos nuestro entorno en función de ese mesías: le ponemos la calcomanía al carro, el filtro a la foto de perfil y el color del candidato de turno.

Hace varios años, una persona cercana me insinuó que debía votar por Juan Manuel Santos, porque así lo indicaba Uribe. Me negué, porque ese no era argumento suficiente para mí; al contrario, me sentía en medio de un proceso de adoctrinamiento político. Voté por Antanas Mockus —filósofo, matemático, dos veces alcalde de Bogotá y candidato del Partido Verde— porque vi en él a un hombre culto, honesto y con genuinas intenciones de transformación. En las elecciones del 30 de mayo de 2010, Santos obtuvo 6.758.539 votos (46,56%) frente a los 3.120.716 de Mockus (21,49%) en primera vuelta. Santos no me daba confianza, y sus patrocinadores, menos…
Meses después, quienes me presionaron para votar por Santos ya lo odiaban y se sentían estafados por él. En las siguientes elecciones lo reeligieron, en medio de un proceso de paz que terminó premiando a los victimarios sin reparar plenamente a las víctimas. Sin embargo, Juan Manuel Santos recibió el Premio Nobel de Paz en octubre de 2016. Para ese entonces, mi voto fue en blanco. Lo curioso es que a quienes antes habían obedecido la orden de votar por Santos, el mismo Uribe los dirigió luego a votar por Óscar Iván Zuluaga, y a partir de ahí serían zuluaguistas.
Como de no creer: vinieron cuatro años de pugna entre el primer heredero del uribismo —elegido con el caudal propio del expresidente— y ese mismo partido, que ya no era el de la U sino el Centro Democrático, liderado crecientemente por María Fernanda Cabal, una senadora de extrema derecha que asumió las banderas de Uribe mientras él enfrentaba un proceso judicial por presunta compra de testigos.
Esa tensión entre un Santos que se había acercado a la guerrilla y una Cabal con retórica de orden y mano dura parió un nuevo capítulo en la historia reciente de Colombia: el duquismo. Iván Duque fue el último candidato ungido por el emperador para ostentar la presidencia. Su triunfo, en junio de 2018, se produjo en medio del fracaso percibido del proceso de paz y del ocaso de Uribe como patriarca indiscutido de la derecha colombiana —al punto de que su propia aliada y copartidaria lo tildó públicamente de «izquierdoso».
El duquismo fue, en esencia, el resultado de una orden patriarcal: votar por la única opción masculina que le quedaba a la derecha para ocupar el poder, decisión que descalificó a las tres figuras femeninas que aspiraban a representarla —Cabal,Valencia y Holguín— y dejó en el aire la posibilidad histórica de que una mujer encabezara ese espacio político. A Duque le correspondieron dos situaciones extraordinariamente complejas: la pandemia por COVID-19 y el estallido social de 2021. Este último fue la consecuencia acumulada de dos décadas de políticas sociales mal gestionadas y escándalos de corrupción sin reparación, con sus protagonistas en libertad. Solo hizo falta un mal cálculo sobre el precio de la canasta de huevos para encender a un país que ya estaba harto de sus gobernantes.
Sin embargo, llegó el 2022 y ocurrió lo inevitable: la izquierda ganó la presidencia por primera vez en la historia de Colombia, en cabeza de Gustavo Francisco Petro Urrego, el mayor opositor que ha tenido el establecimiento en su historia moderna. Comenzó la era del petrismo. Lo curioso es que, en ese mismo ciclo, el uribismo llegó a los comicios como un casino apostando sus últimas monedas: primero Zuluaga, luego Federico Gutiérrez y finalmente Rodolfo Hernández. Sus seguidores de pura cepa nunca cuestionaron la falta de norte del partido; obedecieron a ciegas a su patriarca y, en esa indecisión y vacío de propósito, le entregaron el poder a la izquierda.
Hoy, con cuatro años de gobierno de Petro y una segunda vuelta a la vuelta de la esquina, un nuevo contendor ha irrumpido en la arena: el abogado y empresario costeño Abelardo Gabriel de la Espriella Otero, quien acaba de lograr dos cosas inimaginables hace apenas un año. En la primera vuelta del 31 de mayo de 2026, De la Espriella lideró con el 43,74% de los votos —más de 10,3 millones—, seguido por Iván Cepeda (40,9%), mientras Paloma Valencia quedó en tercer lugar con el 6,9%.
Primera gesta: sepultó al patriarca como nominador absoluto de presidentes en Colombia, desplazando a su candidata por descarte, Paloma Valencia.
Segunda: unificó el caudal electoral de todas esas personas que otrora solo votaban por quien les señalara Uribe.

Hoy los colombianos están, una vez más, divididos en dos tribunas: de un lado los abelardistas —extrema derecha— y del otro los cepedistas —extrema izquierda—. Paloma Valencia, superada en primera vuelta, anunció que apoyará a De la Espriella para la segunda vuelta presidencial.
Tomar partido por unos o por otros es una decisión personal, consciente, intransferible, no influenciable y, sobre todo, no doctrinaria.
Yo tardé años en entender que el voto no es un favor que le hacemos a nadie. No se lo debemos al patrón, al partido, al tío de la mesa familiar ni al influencer político de turno.
El voto es el único momento en que todos somos iguales dentro de ese cubículo. No lo desperdicies rindiendo cuentas.
¿Cuántas veces en tu vida has votado de verdad por ti?
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