Se Vale No Saber Que Hacer

La semana pasada, sintonicé en la emisora una canción del Caballero Gaucho, música muy tradicional en Antioquia, y me impresionaron los primeros versos. La letra, cruda y directa, evocaba ese mandato cultural que exige a los hombres una masculinidad inamovible y estoica.

El fragmento musical resonaba con una idea arcaica: «No muestres tu dolor, no seas cobarde. Niega que sufres y tu pena esconde. Que a nadie ha de importarle tus pesares y no le queda bien llorar a un hombre».

Hombres, se vale llorar. Se vale no saber qué hacer con la vida, estar perdido, con el GPS sin señal. Está bien perder el control y no poder sacar el carro del pantano. A un hombre le queda bien llorar, esconderse, deprimirse e incluso pedir ayuda mental.

Esa narrativa fundacional de nuestros pueblos, donde los hombres somos casi bestias de carga, con jornadas laborales extenuantes y noches de cantina, representa uno de los capítulos más oscuros de nuestra cultura machista.

Cada vez observo más hombres agotados por el peso de un rol impuesto: ser machos alfa en una sociedad analfabeta, repleta de violencia y estereotipos tóxicos. Se nos ha asignado la ardua tarea de ser inconmovibles, viriles, valientes y protectores, un mandato que termina cercenando nuestra dimensión emocional y cercenando la posibilidad de vulnerabilidad.

Un pacto de nacimiento nos condicionó a aparentar que siempre sabemos qué hacer. Antes, la existencia era más simple: cuidar la finca, alimentar el ganado, garantizar el sustento familiar. Hoy, nuestra complejidad mental se ve drenada por múltiples responsabilidades que nos conducen no solo a la irresponsabilidad, sino a una adicción constante a la distracción.

El mayor desafío contemporáneo para los hombres radica en la imposibilidad de equilibrar múltiples frentes: ser productivos laboralmente, padres presentes, amantes comprometidos, todo mientras se mantiene la salud física y espiritual, sin descuidar la socialización y los vínculos familiares.

Los coaches de redes sociales predican un equilibrio utópico. Sin embargo, ningún ser humano puede realizar malabares con tantas responsabilidades simultáneamente. Incluso figuras como Elon Musk, Jeff Bezos o Bill Gates sacrificaron sus núcleos familiares en el altar del éxito. Presidentes que pierden la oportunidad de disfrutar a sus nietos, profesionales que hipotecan su salud persiguiendo riqueza, individuos que transitan por vidas mediocres por conformarse con lo mínimamente necesario.

En conclusión, ninguna de nuestras acciones nos garantizará la gloria definitiva. Nunca seremos exitosos al cien por ciento. Mientras sigamos en la caminadora del hedonismo, jamás lograremos ser suficientemente buenos para nadie.

Hombres, se vale llorar.

Hagan una pausa. Revisen qué de todo lo que estamos haciendo tiene sentido, propósito y está en sintonía con el verdadero arte de vivir. Como reza una célebre frase del cine clásico: «No pierdas el tiempo, es de lo que está hecha la vida».

Feliz día de San José para todos los que alguna vez se tragaron el cuento de que los hombres no lloran.

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